Armar un viaje a Tenerife en familia tiene una trampa: en el mapa parece una isla que se recorre en una tarde, hasta que aparecen las curvas, las subidas que no terminan y las ganas de quedarse un rato más en la arena.
Este recorrido arma base en el sur, se toma dos días para agarrar el ritmo, sube al Teide y reparte las salidas al norte entre jornadas junto al mar. El orden se acomoda al pronóstico. Y una semana no pide siete días llenos: también hace falta lugar para repetir una playa o pasar una tarde sin mirar el reloj.
Días 1 y 2: instalarse en el sur y bajar el ritmo
Los Cristianos y Costa Adeje son la entrada más práctica para una primera vez en familia. Tienen alojamiento, restaurantes y paseos costeros que permiten resolver casi todo caminando. Vale la pena mirar la ubicación exacta del hotel o del departamento. “Cerca del mar” puede significar una cuesta, y esa cuesta se siente al volver con los chicos cansados.
El Camisón es una bahía chica, contenida por escolleras, con un paseo detrás de la arena. Las Vistas propone un día parecido, con más espacio para caminar y servicios a mano. Elegir entre una y otra depende del alojamiento y de cómo esté el mar. Que una playa esté protegida no le quita lo atlántico: las banderas y las indicaciones de los guardavidas están por encima de cualquier recomendación, incluida esta.
El primer día puede cerrarse ahí, entre un chapuzón y una cena temprana. El segundo da margen para caminar la costa o probar otra playa cercana. No hace falta cruzar la isla para sentir que las vacaciones arrancaron. Encontrar un lugar donde todos estén cómodos ya es bastante.

El auto empieza a tener sentido cuando llega el momento de salir hacia los pueblos y el interior. Para alquilarlo en Tenerife, Bookingauto.com es una de las opciones para comparar. Antes de reservar conviene revisar qué seguro incluye la tarifa, cuánto piden de depósito y si hay silla infantil acorde a la edad y el peso de cada chico. También suma elegir un alojamiento con estacionamiento y un auto donde el equipaje entre en el baúl, no en los asientos.
Día 3: el Teide empieza mucho antes de la cima
La subida desde el sur cambia el paisaje por capas. Quedan atrás las casas, aparecen los pinares y, más arriba, el terreno se abre en coladas de lava, piedra suelta y colores que no tienen nada que ver con la costa. Para los chicos, ese cambio puede atraparlos tanto como el volcán mismo, que llega a 3.718 metros y es el punto más alto de España.
En el parque nacional, una visita en familia puede girar alrededor de las vistas del Llano de Ucanca y de los Roques de García. Desde los miradores y las zonas habilitadas se aprecia el relieve sin encarar una caminata larga. El circuito completo de los Roques tiene desniveles y terreno irregular. No es un paseo comparable con la rambla del hotel.

El teleférico es otra experiencia, con reserva y reglas propias. Las entradas se compran en la web oficial del Teleférico del Teide, no lo pueden usar menores de tres años y funciona según el clima. Además, no llega a la cumbre: deja en La Rambleta, a 3.555 metros. Para el último tramo hasta el pico hace falta un permiso aparte para el sendero 10, Telesforo Bravo, que se tramita en Tenerife ON, el portal oficial de reservas del parque y conviene pedir con anticipación. Separar las tres cosas (parque, teleférico y cima) evita prometer una subida que después no encaja con la edad de los chicos o con el día.
Conviene que esta jornada quede movible. Si el pronóstico no acompaña, se cambia por un día de playa. Y a la vuelta, una tarde tranquila rinde más que otra excursión, porque las horas de curvas también cansan.
Día 4: La Orotava y una tarde en Puerto de la Cruz
La Orotava propone otra escala de viaje. Hay fachadas de colores, balcones de madera y calles que invitan a frenar por los detalles chicos. La Casa de los Balcones puede ser una visita corta. Los Jardines Victoria muestran el pueblo desde otro ángulo, entre terrazas y vistas al valle.
El casco histórico tiene pendientes. Elegir pocas calles y dejar tiempo para sentarse funciona mejor que salir a tachar cada edificio del mapa. La mañana puede ordenarse alrededor de una plaza, una visita y un almuerzo con papas arrugadas y mojo al centro de la mesa, sin que la comida se vuelva otro compromiso del itinerario.

A la tarde, Puerto de la Cruz deja seguir caminando junto al océano. Los alrededores de la Plaza del Charco y el pequeño puerto alcanzan para un paseo sin agenda. Si la idea es entrar al Lago Martiánez, el complejo de piletas que diseñó César Manrique, mejor recortar la mañana: pide tiempo propio, no una pasada apurada antes de volver al sur.
El regreso suma ruta a un día que ya es largo. Por eso no hace falta meter también Icod, Garachico y cada mirador del camino. El norte da para otra salida.
Día 5: reservale un día entero en Siam Park
Después de dos jornadas de excursión, Siam Park cambia la frecuencia. El parque, en el sur, combina atracciones intensas con sectores familiares como La Ciudad Perdida. La edad y, sobre todo, la altura de cada chico definen qué van a poder disfrutar. Revisar los requisitos de cada atracción antes de comprar las entradas evita armar el día alrededor de un tobogán al que todavía no pueden subir.
Con hermanos de edades distintas, una fórmula cómoda es que los adultos se turnen entre la zona infantil y las atracciones grandes. El río lento da una pausa entre actividades, aunque recorrer el parque también lleva su tiempo. En una semana corta, dedicarle el día completo permite disfrutarlo sin estar calculando cuánto falta para la próxima salida.

Si en tu familia el día de toboganes es parte fija de las vacaciones, esta selección de parques acuáticos para visitar en familia suma Siam Park junto a propuestas de otros destinos. Sirve como lectura complementaria. Las entradas y las atracciones se eligen siempre con las condiciones vigentes del parque.
Al salir, alcanza con volver al alojamiento y resolver la cena cerca. Una tarde de toboganes puede dejar a todos más cansados que una mañana de ruta.
Día 6: Garachico e Icod, con tiempo entre las paradas
Garachico mantiene a la vista su historia con el volcán y el mar. La erupción de 1706 transformó su antiguo puerto, y la costa de lava ayuda a imaginar ese cambio. El recorrido puede arrancar en la Plaza de la Libertad y seguir hacia el Castillo de San Miguel, frenando para mirar las calles y el borde del mar.
Las piscinas naturales de El Caletón se llevan todas las miradas, pero no garantizan el baño. Con oleaje o con los accesos cerrados, la visita se limita a mirarlas desde un lugar permitido. Planteadas como una parada para mirar la costa, sin prometer que todos se van a meter al agua, el pueblo se disfruta igual aunque el Atlántico esté movido.
Después de almorzar, Icod de los Vinos aporta otra cosa: el Drago Milenario. No hace falta convertir el árbol en una clase de botánica. Su forma, el jardín y la vista desde los alrededores de la Plaza de San Marcos ya dan tema de charla en familia.
Dos pueblos alcanzan para el día. Sumar Masca implicaría más curvas y otra excursión con exigencias propias. Con chicos, tiene más sentido volver sin apuro que llegar al alojamiento después de una seguidilla de paradas cortas.
Día 7: repetir el lugar que más me gustó
El último día queda libre de grandes traslados. Puede ser otra mañana en El Camisón, una vuelta por Los Cristianos o unas horas junto a la pileta. Si el vuelo es ese mismo día, la hora de devolución del auto marca cuánto tiempo queda de verdad.
Cuando la salida es al día siguiente, repetir una playa conocida tiene una ventaja simple: ya saben dónde estacionar, dónde almorzar y qué rincón eligen los chicos. Y queda tiempo para terminar el castillo de arena que el primer día quedó a medio hacer.




